En un proyecto de domotización integral, los clientes nos pidieron algo aparentemente sencillo: que la luz de la escalera se encendiera automáticamente cuando hiciera falta.
La automatización era simple, pero bien pensada. La luz debía activarse solo cuando el nivel de iluminación lo requiriese, para lo que utilizamos un sensor de movimiento con medición de lúmenes. Ese mismo sensor, además, formaba parte del sistema de seguridad. Pequeño, discreto y colocado estratégicamente en una esquina, pasaba completamente desapercibido.
Como en todos nuestros proyectos, la escalera debía seguir funcionando con normalidad incluso sin domótica. Al tratarse de una luz conmutada, no nos convencía que las teclas pudieran quedar en distintas posiciones, así que propusimos sustituirlas por pulsadores. El resultado fue un diseño más limpio, elegante que implementamos también en el resto de la vivienda.
Originalmente existía un único punto de luz a mitad de la escalera. Aprovechando que estaban en plena reforma y cambiando la tarima, les sugerimos una modificación en los peldaños que marcaría la diferencia. Apostamos por iluminación indirecta: más atractiva visualmente, mejor para iluminar el suelo y mucho menos molesta por la noche.
Cuando se lo planteamos al instalador de la tarima, al principio fue reticente porque le preocupaba que nuestra propuesta debilitase el mamperlán. Sin embargo, ya habíamos estudiado esta opción con anterioridad y al mostrarle con las piezas adecuadas que el encaje era exacto nos reconoció que no solo no perdía resistencia, sino que la escalera resultaba incluso más robusta.
Este fue resultado final:






Los clientes quedaron encantados. De hecho, reconocieron que, pese a su simplicidad frente a otras soluciones más complejas del proyecto, la escalera se había convertido en uno de los puntos más bonitos y sorprendentes de la casa.
